Arquitectura, fotografía e ilustración serán los temas protagónicos en las cuatro exposiciones del Festival Manuelita Sáenz, un encuentro de manifestaciones culturales de Colombia y Ecuador, que se llevará a cabo entre el 27 y el 29 de noviembre en el Convento de San Francisco de Quito.
En Naturaleza desnuda las paredes del Claustro principal se abrirán a los paisajes más sobrecogedores de Latinoamérica, con este trabajo la fotógrafa ecuatoriana Marcela García vuelve a mostrar sus fotos en público después de 11 años. Retratos de escritores colombianos, de Jorge Mario Múnera, reúne casi 40 fotos de reconocidos autores posteriores al Boom, entre los que se destacan nombres como los de Antonio Caballero y nuestro invitado Héctor Abad Faciolince. Malpensantías ilustradas es la muestra que la revista El Malpensante ha seleccionado cariñosamente entre 13 años de sus mejores ilustraciones. Estas exposiciones estarán abiertas del 27 al 29 de noviembre en el Claustro Principal.
En el Centro de Arte Contemporáneo / Antiguo Hospital Militar, a partir del lunes 30 de noviembre y hasta el 15 de enero de 2010, estará abierta al público la exposición de la obra del arquitecto colombiano Rogelio Salmona. Esta muestra, que el Festival Manuelita Sáenz dejará a los quiteños al momento de partir, es un esfuerzo conjunto de la Fundación Rogelio Salmona, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia y Casa Malpensante para trasladar la extraordinaria obra del más brillante arquitecto colombiano de las calles de Bogotá al centro histórico de Quito.
El ingreso a las exposiciones y a toda la programación del Festival Manuelita Sáenz será completamente gratuita.
Consulte toda la programación en www.festivalmanuelitasaenz.com y disfrute de la transmisión en vivo que realizarán Los Nietos de Úrsula, comunidad virtual de Casa Malpensante, encargados de hacer llegar los pormenores del Festival y las voces de sus protagonistas a quienes no puedan asistir a las actividades en el Convento de San Francisco. Especial para los navegantes de la red.
Medellín, Cali, Bogotá, Barranquilla, todo un periplo vital y profesional para un hombre que le corre curiosidad por las venas, cómo califica José Alejandro Castaño, parte de su fisonomía. Me aclara que de él dicen sus jefes que es “un chico bueno pero es disperso”. Al periodista ese “pero” le molesta porque siente que no le define. “Prefiero ser un chico bueno y disperso”. Lo cierto es que la maleta siempre parece tenerla lista por cuenta del ímpetu viajero que lo acompaña. Su voz de capitán de barco le ayuda a destacar enseguida su presencia que a la vez confunde. Se diría que en lugar de lápiz y papel va a desenfundar algo raro, imponente como un catalejo como mínimo. Al pie de la pila, José Alejandro confiesa por qué huye.
“Sí huyo. He pensado en el asunto. Hay una condición que nos imponen a los paisas y con la que riño mucho. Amo Medellín pero creo que las montañas que la circundan habitan nuestra cabeza. Al paisa le cuesta entender que más allá de esas montañas hay vida. Por ejemplo, no me gustan los mariscos. Sé que es estúpido pero me pasa. Los peruanos no me perdonan que no coma sus ceviches. Voy a terminar como ciudadano del mundo pero solo en Medellín puedo escribir con tranquilidad. Casi todo lo que he escrito ha sido en Medellín donde somos amorosos y matones al tiempo. No dejo de sorprenderme que aún matando se puede expresar amor. Además está la otra huida, el vértigo de la tecnología que se refleja en las redacciones de hoy en día donde todo es estático. Practico realmente la dispersión como un ejercicio. Mi papá era caminante, vendía panes, lenguas, panderitos en nuestro barrio 12 de octubre en la comuna noroccidental. No me quedan amigos de infancia, se murieron. Mi mamá le echaba en cara a mi papá que se dedicaba a contar historias y no a vender panes. Murió perdiendo la memoria. Antes lo quería mucho, ahora más todavía. He escrito un relato que se llama “Papá no me olvides”, ahora casi es una novela. Mi papá solo quería caminar y caminar y caminar, olvidando que acababa de caminar. Le temo al olvido. Por eso hasta establezco relaciones de afecto con los objetos, con las esquinas. Voy a regresar a Medellín para vivir en mi barrio de infancia porque ando buscando algo, un par de historias en busca de tono. Me gusta la imagen de las cometas que se elevan pero que tienen un cordel que las amarra a la tierra, a mis raíces. Además me recuerdo a mi mismo que de grande voy a ser escritor, en la ducha, mientras me lavo el pelo”.















